Ocurrió, según me contó el propietario de la cafetería donde suelo desayunar (café con leche y cinco verdaderas hermosuras de churros). A su hermano, dos años mayor que él, hacía cuatro o cinco meses que le habían robado el coche.
Desde entonces, el hombre anda muy enojado con lo que viene ocurriendo en este país. Él, no vayas a creer, no interviene en la política; es apolítico total.
"Eso no va conmigo", se excusa cuando alguien ataca con ese tema, hablando mal o bien del gobierno o de la oposición.
Yo, mientras mojaba uno de los churros en el café antes de introducírmelo en la boca, quise saber si lo había denunciado a la policía o al seguro.
-No -dijo mi compañero de barra-. No lo ha denunciado… mejor dicho, sí lo ha denunciado. Y el resultado, tanto en la comisaría como en la empresa de seguros cuando mi hermano dio los datos del coche en junio de 2003, fue el mismo. Tanto la policía como el seguro le dijeron: "Si ya estará desguazado".
Así que, ante el nulo apoyo obtenido, ha hecho como cuando desaparece injustificadamente una persona. Suelen ser ancianos de ambos sexos (quizás estoy exagerando). Mandó imprimir una tirada de cartelitos con la foto en colores del coche, con la matrícula bien visible, ofreciendo cien mil euros a quien se lo recupere. Y hasta contrató a unos muchachos para repartirlos por las calles, que no sale barato, ¿eh?
-Hombre… tu hermano…
-¿Mi hermano? No es fácil encontrarle vencido sin batallar, caído de mala manera ante cualquier infortunio si existen posibilidades de triunfar, por escasas que sean. Así es mi hermano. Repito, no está gagá, te lo digo por delante. Él se encuentra en perfectas condiciones físicas, psíquicas y mentales a sus 62 años. No es un anciano achacoso.
-Entonces, ¿de qué marca es ese coche? ¿Tal vez un Mercedes?
-¡Nooo, ¡qué va! Un Citroën C5 metalizado en color gris. Sí, gris, un gris elegante.
-Pero por muy elegante que se mantenga, con veintitrés años y más… su valor real en el mercado en estos momentos ya es hierro a tanto el kilo y…
-No es el valor económico la causa dolorosa que sufre mi hermano, sino su enorme valor sentimental. No lo utilizaba para desplazarse -para eso tiene el Mercedes-, él lo utilizaba como los feligreses utilizan las iglesias. Ellos para "hablar con Dios". Mi hermano le utilizaba para hablar con su mujer y sus hijos, víctimas inocentes de una bomba terrorista, accionada por Al-Qaeda, ETA o por… ¡vaya a saber quién! Sentado en el viejo coche totalmente apagado en el aparcamiento, recordaba (hace falta ser viudo de una buena mujer para saber lo dolorosa que es la perdida) los felices momentos disfrutados los dos… y también los cuatro juntos. Y a su mujer le decía, como si la tuviera al lado cogida de su brazo, lo fría que está la cama y… lo mucho que aún la quiere y le afea, sabiendo de la imposibilidad, que no sea “capaz de decirle algo” que le alivie el esfuerzo que le va costando, en su soledad, tirar a diario de la vida. Y
allí, sin el ruido del motor, vencida la tristeza, cuando logra vencerla, tarareaba las canciones que cantaban en ese mismo C-5 metalizado en el elegante color gris, siempre con su mujer y sus hijos, circulando por las carreteras de la sierra de Madrid en época veraniega…
Eloy R. Mirayo.