Jamás, ni siquiera en tiempos de los Reyes Católicos,
los españoles fueron capaces de dar patadas a la pobreza tan fuertes como aquellas “patás a la pobreza” que los españoles comenzamos a dárselas, y bien fuertes, desde el día 18 de julio de 1936, sin aflojar la fuerza y sin perder el ritmo, a pesar del hambre, del frío, no solo del climático, que mucho más dañino llego a ser el que brotaba del inhumano “cerco político”, cuando “con su aportación -fría aportación-, hizo presencia la Tuberculosis. Ningún país de Europa, ni EEUU, nos ayudaron mandándonos gratis la Penicilina.
Ni siquiera cobrándola. Ese debió ser “el premio” (aislamiento total ¡solamente Argentina, el general Perón y su esposa, Eva, ¡tuvieron cojones!) a Franco –los cobardes odian al valiente, forzados por el enfermizo mal sentimiento de la envidia-,
por su faena entre los afiladísimos cuernos del comunismo, y por el recochineo de haberle clavado el estoque hasta la cruz, y en todo lo alto.
Los principios siempre son lo más duro Y así ordenadamente, con respeto a la autoridad y a las leyes, continuamos dando patadas a la pobreza, hasta el día 20 de noviembre de 1975. Y desde esa luctuosa fecha, hasta hoy mismo, no es que nos hayamos acercado a ver a la pobreza; no es que hayamos aprendido a convivir con ella 350 euros al mes, jornada parcial.
A nuestro lado, pero sin intimar, lo que ya ocurre en España es ¡que ya no se nos distingue!
Después de que a empujones cada vez más fuerte y más chulescos de los “sa cerdotes” de esta democaca, higoputesco sistema político -no quiero que me empapelen- que es capaz de parir tanto chorizo, tanto putero que, “a más a más” de robarnos vía impuestos, nos han venido hundiendo moralmente en la más profunda de las miserias, hasta conseguir quitarnos el deseo de usar la posibilidad de autoevaluarnos.
No quedamos tantos que recordemos, 18 julio 1936, como la gran proeza; es que la inmensa mayoría de los ciudadanos de esta península, por los siglos de los siglos, aparte de los reyes y sus cortes, todos los demás eran, en el mejor de los casos, siervos, para los mas asquerosos servicios; y el resto, pobres, joder pobres, muy pobres, que es a donde nos lleva este camino.
Eloy R. Mirayo.