jueves, 3 de enero de 2019

CULTIVAR LA MEDIOCRIDAD

La inmensa mayoría de los seres humanos, empujados por los intereses políticos de la Democracia y sus democritos, prefieren adoptar las opiniones de otros a tomarse la molestia de, tras un periodo de lógico estudio, más o menos largo, según la trascendencia de las consecuencias de aquello que acontezca, crear las suyas propias que, aún siendo equivocadas, son tan legítimas como las más sabias y atinadas.

Dejarse despojar de ese derecho es, 

de alguna manera, permitir la amputación sin posibilidad de recuperación, de un buen trozo del Libre Albedrío con el que como ser humano se viene a este mundo y además eso no admite discusión -al menos es lo que yo creo-, intelectualmente es malo, porque atañe en primer orden a la personalidad del individuo y, en segundo lugar, porque le adormece el funcionamiento de una buena parte de su cerebro; 

la que le mueve libre y convencido a tomar decisiones en momentos en los que las vacilaciones pueden retrasar con daño un asunto o, lo que es peor, cargarse el asunto.

Lo he dicho al principio y, como si hubiera comido ajo, lo vuelvo a repetir, esta vez ¡más alto! a ver si se me escucha. Esta pedorra Democracia y sus ventosidades en forma de democritos, 

han tomado la Enseñanza, con sus infinitas leyes, no para excitar la aparición y cultivo de grandes cerebros, sino para todo lo contrario. Lo que la Democracia y sus democritos quieren y van consiguiendo es que, desde las primera instancia de conocimiento, el parvulario o guardería, se labre 

el cerebro de los bebés y babás, para que en las siguientes instancias de la enseñanza, se planten las mismas semillas que serán podadas las más individuales e inteligentes, para que no puedan romper la deseada mediocridad. 

Los  peores enemigos de la Democracia liberal y abortista son, precisamente: las personas inteligentes, los reputados científicos, esos que no necesitan subirse a un ingenio espacial 

para demostrar sus grandes conocimientos y su extensa sapiencia. No hay más que repasar la "nata" de los partidos políticos y sus escurriduras para, sin necesidad de utilizar un estetoscopio, 

escuchar su mal: padecen el síndrome del pastor: sueñan con lograr pastorear al gran rebaño. 

Desde aquí les digo que conmigo no cuenten. Yo seguiré opinando, desde este blog, de lo que buenamente me salga de los... ¡Bueno! Ya me entendéis ¿no?.

Eloy R. Mirayo.

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