jueves, 20 de julio de 2017

VERDADERAMENTE INTELIGENTES.

Quizás por mi escaso nivel intelectual, o por mi escasa actitud hacia la cultura, desde niño he sentido, y sigo sintiendo, un gran respeto por las personas que con gran suavidad demuestran su alto grado de preparación y una inteligencia congénita constantemente cultivada y enriquecida. Respeto y admiración, pero nunca he sentido envidia, sino deseo de superarme, para corresponder a su generosidad.

Hay, todos les conocemos, personas que son capaces de descifrar una por una todas las bondades y materias que han de unirse para que un vino (no hablamos de ese) 

sea excepcional; y quienes son capaces de encontrar, masticando, hasta trece sabores distintos en una hoja de lechuga sin aderezar; o quienes con un martillo y un cincel, o quienes con un pincel, son capaces de crear figuras maravillosas en piedra o lienzo, para gozo y disfrute de quienes tenemos la oportunidad de observarlas; 

existen personas capaces de conjugar las notas del "DO, RE, MI" y transformarlas en bellas melodías, que otras personas dotadas de singular voz, sean capaces de cantárnoslas. En fin; que hay personas con determinadas dotes y habilidades que son gilipollescas criaturas sin ningún tipo de valores fuera de lo que dominan.

No intento hacer una generalización de algo que admito sin rechistar que, por muy convencido que esté, es absolutamente subjetivo; uno puede, sin presunción, ser un menguado cultural, cercano a iletrado, pero no un jodido "tonto el haba".

No es el caso de las personas verdaderamente inteligentes (don Gustavo Bueno, filósofo), 

de las que sin intención vejatoria ni discriminatoria, viven separados de la pléyade ruidosa y presuntuosa de los pseudo intelectuales, que agreden por doquier con su presunta inteligencia (uso de citas ajenas) que, hay muchos que definen con más razón que si fueran unos santos, de solemne estupidez con la que se envuelve la mediocridad.

Lo bueno de esas personas excepcionalmente inteligentes, es que sus tercos valores se muestran por sí mismos, sin necesidad de que sus portadores hagan nada para proclamarlos.

Por lo general son generosos, al menos así me lo han demostrado hablando de forma llana, y lo que siempre me dejaba más impactado, escuchando con interés aquello que fuera capaz de expresar. Jamás me hablaron de las cosas importantes que ellos hacían, pero me preguntaban por lo que hacía, cómo lo hacía, y le daban un generoso mérito, que por venir de ellos, me hacía sentirme muy bien.

Eloy R. Mirayo.

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