jueves, 13 de julio de 2017

PONER FRENO.

La serie que nos muestra la evolución del ser humano; la que de alguna manera nos muestra al final al hombre de hoy, debe ser rápidamente ampliada con un hombre con cara radiante de felicidad pegado por la oreja a un teléfono móvil.


¡Cómo es posible que la humanidad haya sobrevivido durante casi 2017 años, sin tener pegado a la oreja un

de última generación o, mejor aún, un móvil inoculado en el organismo, capaz de ir evolucionando, cómo evolucionan ahora en las fábricas.

¿Os hacéis idea de la grandioso de mi proposición? Me supongo que si, se me antoja que sois todos muy inteligentes.

Pero, como a todo lo que representa una conquista del ser humano -y de la sera humana, que no quiero que se me enfaden- ya van saliendo detractores; gente retrógrada que se ha queda en el "tam tam", en las señales de humo o, en el "silbo gomero", para entablar largas conversaciones, transacciones económicas o para pasarse secretos los espías distancia.

Y no se quedan solamente en la crítica, sino que hasta se atreven a hablar del uso que la grey está dando al invento, como una dependencia enfermiza, a la  que hasta le han otorgado una sonora denominación científica; un nombre internacional: Nomofobia. Porque internacionales son las malísimas consecuencias del uso y abuso que se le viene dando por la grey (cuarta acepción en el diccionario) mundial al mágico artefacto de imagen, luz y sonido. 

Como así lo hemos podido ver, leer y escuchar una infinidad de veces. 

Lo que me parece exagerado, si es que es verdad, fue lo que me relató un "anti móvil"-también es anti taurino- que es la reacción de esta señora que, según me cuentan, iba en un coche, con su marido, cuando un camión se les vino de frente a gran velocidad y, a pesar de querer escapar del inminente peligro, colisionaron ambos vehículos y, en la colisión, murió el marido (la señora ilesa). La muerte la aceptó resignada,

como un lamentable e inapelable sucedido pero, lo verdaderamente malo; lo que le puso así, 

de los nervios fue, cuando comprobó que en el tumulto que se formó en la carretera -guardia civil, policía municipal y SAMUR, y muchos mirones-, había desaparecido su móvil que, por supuesto, también era de última generación -de lo que dio parte a la autoridad presente-, sin haber podido sacar ni una sola foto del aparatoso accidente, y tampoco pudo inmortalizar a su marido, el hombre prácticamente en cachos, dentro de su iPhone 7 plus  258 GB ORO.  ¡Y, lo peor de lo peor, no lo podría subir a su cuenta de Instagram.

¡Pobrecita ella!.

¡Cómprate un móvil; imbecil!.

De todas formas hay que poner freno a toda clase de dependencia, que nos impida ejercer nuestra normalidad.

Eloy R. Mirayo.



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