lunes, 4 de julio de 2016

LA PUERTA DE SALIDA NO SE ABRE.

"Las trampas del Brexit". Así abre su portada el diario de tirada nacional El Mundo, de ayer domingo.

El Reino Unido ha pedido salir de la Unión, sería una forma excesiva de dejar la noticia a la consideración pública, sin dar todos los motivos, no solamente los de la función económica, para que la gente común pueda entenderla y aceptarla. 

En primer lugar no ha sido todo el Reino Unido; ni todos los británicos de a pie; ni todos los políticos, sino solamente por los políticos que, vaya usted a saber por qué intereses, personales o de grupo, han sido quienes en realidad quisieron hacerlo.

Una vez dentro de la Unión Europea hay, por lo que dicen personas de peso intelectual, muchas razones para no salirse porque, salvando las distancias, la cosa es como entrar en la Mafia, difícil es que se abra la puerta de entrada; pero la puerta de salida no se abre, a no ser que se salga con los pies por delante (lo último, dicho en sentido figurado). Dentro de esa sociedad dicen que el clima es tibio, y que fuera hace un frío gélido. 

No alcanzo a comprender en su profundidad, por mi proverbial ignorancia, si para que un país díscolo que ha saltado la valla, existe algún tipo de cobertor mejor que este de la foto 

que, aislándole del frío gélido del exterior, le pueda proveer de una temperatura algo más confortable que la presunta tibieza que alguien, no sé quién es el atrevido, asegura que se disfruta junto a los otros veintiséis que aún forman el rebaño.

La razón por lo que no soy capaz de entender el asunto, es porque yo aún recuerdo el funcionamiento de la España anterior a esta Democaca, con el señor don Alberto Ullastres 

(doctor en Derecho por la Universidad de Madrid con una memoria sobre Las ideas económicas de Juan de Mariana, defendida el 2 de junio de 1944. Catedrático de Economía Política y Hacienda Pública desde 1948, y más adelante, de Historia Económica en la Facultad de Ciencias Políticas y Económicas de la Universidad Complutense de Madrid. Formó parte del consejo de redacción de la Revista de Economía Política del Instituto de Estudios Políticos español) como ministro cerca del Mercado Común. Como queda retratado, un auténtico mindundi, si le comparamos con la mayoría de los ministros democáquitos habidos hasta el momento, sobre todo si le comparamos con semejantes especimenes de la intelectualidad mundial.

Entonces solamente estábamos cerca del Mercado Común, que se decía, y la temperatura de aquella España que gratamente recuerdo, estando fuera, no solamente para mí, era bastante más templada que esa tibieza que unos cuantos cabrones de retorcidos cuernos dicen que disfrutamos: menos industria, menos puestos de trabajo como consecuencia lógica; muchísimo más paro; muchísimos más políticos; menos independencia; y obligada subordinación a los mandatos positivos -con suerte-, o totalmente caprichosos (como cuando nos obligaron a arrancar olivos, que después hubo que volver a plantar) de la élite comunitaria.

La pérdida de identidad nacional es posiblemente una de las cargas más importantes que, de seguir así, hagan saltar por los aires la Unión. 

Aparte de los políticos (en nuestra guerra de la Independencia, ya hubo lo que se llamaba "afrancesados"), y no todos, gracias a Dios, nadie quiere un gobierno desconocido -guiris; gente de "sangre fría" como los peces- que decida desde una idiosincrasia distinta qué es lo que deba ser nuestro comportamiento dentro de nuestras propias fronteras, que existirán siempre aunque logren borrarlas.

Muchos somos los países "a cubierto", de entre los 26, que empezamos a sentirnos como extranjeros, no solamente en nuestro país, sino en nuestra ciudad, y hasta entre la vecindad de la casa donde moramos. 

No me creo ni racista (por la península Ibérica ha pasado de todo) ni xenófobo porque soy cristiano; pero, todos los políticos con altas responsabilidades deben comprender que, las personas que desde otros continentes vienen a Europa y se reparten por sus naciones, no lo hacen porque no se sientan ciudadanos de sus países de origen, sino porque en esos países, algunos esquilmados por los países ultra desarrollados, no tienen un mínimo futuro.

Ahí, en mejorar las cosas en esos países es donde deberían ir aparar los dineros que en más de un caso se entregan a algunas ONG.

Eloy R. Mirayo.

Publicar un comentario