lunes, 23 de noviembre de 2015

OCHO APELLIDOS...

Los "Ocho Apellidos Vascos"

es una de las pocas películas (me vais a permitir que no use  esa gilipollez de "peli"), de las que se ruedan para la filmografía nacional, que ha tenido éxito; un merecido gran éxito. Gracias a Dios, en esta maltratada España, aun sigue existiendo el gusto por nuestro propio costumbrismo que, al fin y a la postre, es lo que nos viene a ratificar, con la sencillez de una historia tan sencilla y tan al uso.

A esos "Ocho Apellidos Vascos", les han venido a dar, de algún modo, continuidad, los recién estrenados "Ocho Apellidos Catalanes", a los que sin duda también les acompañara el éxito en las mismas proporciones.

¡Claro que no! Nunca se podría rodar una película que se titulara "Los Ocho Apellidos Madrileños"; como tampoco podría hacerse en el resto de provincias; unas porque estuvieron tantos años nadando en la pobreza para sobrevivir, que no les quedó ni tiempo ni deseos de buscar diferencias con los vecinos; y otros, como Madrid, porque desde la antigüedad ha estado abierta a recibir a quien venga, sin importar el acento con el que se exprese; los centímetros que mida su cráneo ni lo largo que pueda ser su apellido, porque a todos cuantos españoles han llegado y siguen llegando, les reconoce el derecho de establecerse, si es que ese es su deseo.

Aquí, en Madrid, vivimos todos encantados de saber que, sin desplazarse a Cataluña, a Las Vascongadas, a Asturias, o a Galicia, podemos encontrar a quienes, habiendo nacido aquí, porten ocho apellidos de cualquiera de esas cuatro regiones. Hay quienes creen, y yo también lo creo, que una de las mejores cualidades de los madrileños es su carácter, porque es el carácter que se ha ido forjando con las aportaciones de todos cuantos vinieron de las restantes provincias.

Es una idiotez solamente al alcance de los idiotas que creen en la pureza de las razas, como si el ser humano, como los perros, se pudiera dividir de tal manera. 

Ni madrileños, ni vascos, ni catalanes, baleares, murcianos o extremeños hemos brotado de la tierra como si fuéramos plantas autóctonas; y, aunque así hubiera sido, después de tantos años, de tantas migraciones... ¡Un chicarrón del Norte!  Y de pronto te encuentras a orillas del Nervión con una piltrafilla humana con chapela, que apenas se eleva unos pocos centímetros de la superficie terráquea, y resulta que tras su nombre, Andolin, le sigue una retahíla de esos apellidos de los que se ha de respirar tres o cuatro veces antes de terminar de decirlos.

Los españoles normales, que somos mayoría, nos sentimos tan orgullosos de "nuestro terruño"; tanto, que nos encanta compartirlo.

Por Eloy R. Mirayo.

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