jueves, 20 de septiembre de 2012

NI LA MUNICIÓN QUE SE USARA.

¡Vaya dos días! Los aficionados al fútbol de Madrid y Barcelona, las hemos pasado de todos los colores; menos mal que al final, tres puntitos cada uno, y ya veremos lo que pasa en el próximo encuentro. Esperemos que nos lo pongan más placido.

El pasado martes, en su casa, quisiera pensar que con el recuerdo de las múltiples barbaridades cometidas durante su escabrosa vida mordisqueándole el cerebro, ha muerto una de las personas más despreciables, de cuantas intervinieron en nuestra guerra o, Guerra de Liberación. Santiago Carrillo ha muerto sobre una cama, 73 años más tarde de cuando debería de haber muerto contra la más asquerosa de las vallas; ante un pelotón de ejecución, y dudo que mereciese el gasto de la munición que se usara.

En todas las guerras, y la nuestra no iba a ser una excepción, se cometen, por ambos lados, por el alto grado de excitación en la que se vive, barbaridades que quienes las cometen, en otro escenario, no serian capaces de cometer. Los bombardeos; los ataques del enemigo; las balas silbando a centímetros de la cabeza; el camarada, con quien se ha esta hablando, en el siguiente segundo, cae muerto sin acabar la frase recién comenzada; la arenga de los mandos; el saber que los que están en la otra trinchera solo piensan en matar; la identificación del enemigo. Todo ello, puede llegar a ser el vehículo para cometer una barbaridad.

Las ratas de la retaguardia, y, Santiago Carrillo, eso es lo que fue, no actúan acalorados; ellos montan su actuación de la manera más cobarde y despreciable: mandan a sicarios a asesinar a las personas, en el estado más indefenso; física y sicológicamente hundidos; sin capacidad de respuesta, después de haber sido torturados en checas inmundas, por carceleros zafios. La “prenda”, que no merece ser asturiano, para mayor escarnio, montaba una caravana de camiones y, con el engaño de evacuarles a Valencia, les montaban en los vehículos; los llevaban a Paracuellos del Jarama, y allí, con una frialdad que hoy, después de una pausa tan grande, hiela la sangre al recordarlo, les iban asesinando, disparándoles como se dispara en la caseta de una verbena, regocijándose los verdugos, los muy hijos de la gran puta, viendo cómo las victimas iban cayendo en la enorme fosa común. Mujeres; niños imberbes; viejos; sacerdotes…

Y no fue lo suficientemente hombre, para, una vez terminada la contienda, pechar con sus responsabilidades. Huyó, como una asquerosa rata, a la Madre Rusia, a seguir practicado, esta vez con su propios camaradas, el deporte de la “purga”, hasta que el PSUC le indico el camino del Sur. Pero ya había hecho bastante.

Su regreso a España, de la mano de unos cuantos traidores, amamantados por la Secretaría Nacional del Movimiento, que al muerto tanto se le valora, fue con la infame idea de lograr un estatus económico, pero, como la estupidez (por no decir gilipollez) humana es infinita, además de lograr la “pela”, ha conseguido que se le suba, como santo milagrero, al Altar Mayor de la Democracia.

Ante su cadáver, en la sede que todos ayudamos a pagar de CCOO, ha pasado renqueante el rey don Juan Carlos I y una pléyade de gentecilla escuálida de inteligencia que, como mandriles, que no tienen conciencia de lo que hacen, pero lo hacen, simplemente por mimetismo, han ido a decir su último adiós, que parecía que no llegaría nunca. Aun quedan viudas e hijos que desde el pasado martes, se sienten mejor.

Parece ser que como deseo del tétrico finado, su cuerpo pecador va a ser incinerado y las cenizas serán arrojadas sobre el cantábrico astur. Y, ahora ¿Quién se va a atrever a comer una merluza del Cantábrico? ¡¡¡SOS GRIMPÍS…!!!

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