¿Qué tiene que ocurrir en España para que los españoles hagamos algo más que quejarnos en soledad, cabizbajos —no sea que nos tilden de fascistas—, mientras rezamos afligidos para que la ayuda bendita borre este terrorismo asesino? Estas tremendas canalladas se están llevando decenas de vidas humanas, como ha ocurrido esta mañana en Urda (Toledo). Hoy la red ferroviaria se ha cobrado la vida de 64 personas y ha dejado más de 50 heridos de diversa consideración, según cifras aún no definitivas. Hace casi diez meses, el descarrilamiento de un tren de alta velocidad en Adamuz ya dejó cuarenta y seis personas fallecidas y doscientas noventa y dos heridas.
Si bien la muerte y las secuelas físicas de los heridos constituyen un golpe devastador, el desamparo en el que quedan sus familias es igualmente trágico.
Más allá del dolor emocional, la pérdida de quien aportaba el sustento principal puede condenar a una ruina económica perpetua a cónyuges, hijos y padres mayores dependientes. Por ello, la reparación a las víctimas no debe limitarse a la compasión, sino que exige una responsabilidad civil inmediata y la garantía de una seguridad financiera a perpetuidad para los hogares destruidos.
Por eso sigo preguntándome —e invito a quien quiera acompañarme en esta reflexión—: ¿qué tiene que ocurrir en España para que los españoles hagamos algo más que quejarnos con la espalda desnuda, listos para seguir recibiendo el maltrato de quienes lo único que saben hacer es destruir?
Eloy R. Mirayo.
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