martes, 20 de junio de 2017

PAPELITO DE FUMAR.

Para quienes, después de arduos esfuerzos para encontrársela, se la cogen con un papelito de fumar para echar una meadita, el que se pida mayor rigor a la justicia para condenar a graves transgresores, es sinónimo de pensar con las tripas, demuestran no querer reconocer que el sentimiento de una importante mayoría de los habitantes de este país, tener las tripas revueltas, es por su culpa, nuestro estado natural. 

Cuando puntualmente la sociedad protesta ante un suceso grave, además de hacerlo con las tripas sobresaltadas, también lo hace con el necesario desarrollo de su cerebro; siempre con mejor funcionamiento que el de esos melindrosos.

No es sabia prudencia lo que les mueve, sino estupidez y escasez cojoncina de quienes ante cualquier barrabasada, hablan de utilizar únicamente las leyes, a sabiendas de lo complicado y lento que se mueven los legisladores en este país. Por eso, entre tanto, dan por bueno que se paliqueen las que están en vigor, que son con las que los políticos se protegieron las espaldas; leyes que anteponen los derechos del delincuente (así lo tuvieron presente), a los derechos legítimos que deberían ser reconocidos como inviolables de la víctima.

Si a las personas que formamos lo que alguien llamó, "mayoría silenciosa" nos valiera de algo, seguro que estaríamos durante las veinticuatro horas de los trescientos sesenta y cinco días del año, exigiendo la revisión de las condenas hacia mayor severidad, llegando hasta la pena de muerte en casos extremos. Y, si llegado el hecho criminal, con la "sangre" de las víctima aún caliente, alzamos la voz, se nos acusa de ser irracionalmente drásticos. 

Por desgracia esa energía no tiene el cauce necesario, que la convirtiera en un arma de presión política; de la buena política.

La sociedad sin galones está hasta el tupé, o hasta los cojones (como se quiera decir, según donde uno haya estudiado) de recibir en sus carnes toda clase de abusos y delitos, ajeno al interés estatal.

Que si los terroristas de ETA, GRAPO y FRAP, se nos llevaban a padres, maridos, esposas, hijos, nietos, amigos o vecinos, sin más motivos que el de estar allí en ese momento. Que si hay maridos, amantes, compañeros sentimentales o simples follamigos, que matan a sus mujeres, en muchos casos madres que dejan huérfanos, y familiares de todo grado, apenados por la pérdida. Que si llegan bandas y mafias que se matan entre sí, lo que tendría poca importancia, pero que cuando sacan las armas, también se llevan a alguno de los nuestros. Que si aparecen pedofilos que agreden sexualmente a criaturas de corta edad. Y, aparecen violentos violadores que, además de forzar sexualmente a mujeres, también las matan física o emocionalmente.

Los que dicen que a estás cosas las aplicamos el raciocinio de nuestras tripas olvidándonos de usar el cerebro, hay que sacarles de su humanitario auto engaño.

En estos mismísimos momentos, un violador múltiple, Pedro Luis Gallego Fernández, condenado a 273 años de cárcel (de los que cumplió 21) por 18 violaciones y dos asesinatos; puesto en libertad en 2013, ha sido detenido por volver a su criminal actividad. Ahora se le acusa, de momento, de dos violaciones consumadas y otras dos sin llegar a consumar. 

Estas flores de estufa de carburo, bajo la mesa camilla, seguro que no se han parado por un momento a pensar en el grado de sufrimiento que esas mujeres hubieron de soportar durante la agresión y el que les queda para toda su vida.

Los gobiernos tasan a su antojo, siempre a la baja, la reposición moral que los criminales deben pagar a sus víctimas:

Idoia López Riaño, alias "la tigresa" (yo la dejaría en, simplemente "tía zorra"). Autora de 23 asesinatos, condenada a 2.000 años de cárcel, ha sido puesta en libertad con solo 22 años cumplidos.

Hay quienes dicen que es inhumano tener tanto tiempo encarcelada a una persona. Los veintitrés asesinados por esa escoria humana, jamás volverán a la vida. 

Tiene "güevos" que ni siquiera haya cumplido un año por cada asesinato.

Eloy R. Mirayo.

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