martes, 29 de noviembre de 2016

NOS LLORA EL CORAZÓN.

Cuando la muerte se asoma envuelta en un accidente y se lleva con ella a un "mal" numero de personas (del uno al infinito, siempre es malo, lo se por experiencia) es cuando nos damos cuenta de lo vulnerables que somos. Vamos por la vida con la suficiencia que da la estupidez, sin apercibirnos de que en cualquier momento, por tierra, mar o aire, se nos pueden quebrar nuestros proyectos, al irse la vida envuelta entre los restos de un avión, o entre los escombros de un edificio; también por acción de cualquier hijoputa, que al amparo de una idea política o religiosa, se cree en el derecho de arrebatárnosla.

Ochenta y una persona, seguramente todas con buena salud; padres; esposos/as; hijos/as; turistas o trabajadores; menos seis afortunados, murieron en el accidente de un avión de la línea aérea Boliviana Lamia.    

"Según el diario El Deber, el padre de Sisy fue el encargado de anunciar la noticia en las redes sociales. “Que Diosito me la guarde en su gloria. Mi niña, te amo, te amé y te amaré siempre. Amor no sé qué será de mí sin ti. Sisyta, mi niña por siempre. Aquí no hay adiós, solo que tú te adelantaste un poquito”, comunicó en Facebook el afamado periodista socio de Gigavisión".

Solamente a las personas que nos fue arrancado así un ser querido, con esa inmediatez, sabemos lo doloroso e indestructible de su recuerdo; es muy duro saber que jamás vas terminar la conversación que tenías comenzada; y que jamás vas a tener la posibilidad de pedirle perdón por no haberle demostrado cuanto le/la amabas.

Duro es ver morir a nuestros mayores, "es ley de vida" nos decimos y, aunque sea raro el día que algún suceso no nos los acerquen, su recuerdo, al final, no es tan doloroso. Tampoco cuando alguien se nos muere víctima de una enfermedad larga que, viendo el deterioro tanto físico como psíquico, los que somos creyentes, pedimos a Dios que le libre de su sufrimiento, aunque sea llevándoselo/a.

A todas las buenas personas, los accidentes que ocasionan muertes les duelen, aunque no les afecte ni por familiaridad, ni por paisanaje; pero, a quienes hemos perdido a alguien accidentalmente, nos llora el corazón. Y no es una pose en negro sobre blanco.

Mis sinceras condolencias para tantas familias que, aunque pasen los años, seguirán viviendo incrédulos, esperando ver entrar por la puerta a su...

Eloy R. Mirayo.

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