martes, 21 de octubre de 2014

INCAPACIDAD DE DISCERNIR.

¡No hay más que escucharles, para darte cuenta de la imbecilidad que un ser humano necesita para ser acogido por este democáquito sistema.

El imbécil de turno no es capaz de hallar la diferencia en las cosas, y crea normas igualitarias sin reparar en si son churras o merinas.   

Al imbécil le da mismo un producto alimenticio que cualquier otro artículo; ya sea un vestido, un vehículo  de tracción, o un artículo de aseo personal; por lo cual las sanciones ante una anomalía son lo mismo para aquellas faltas que cometidas atenten o pongan en riesgo la salud, que aquellas otras que solamente atentan contra el bolsillo del comprador. Y es que la imbecilidad del democaquito al llegar al "cargo" se le hace más densa al imbécil que precisamente esta ahí, por su imbecilidad, y cierto es que si está ahí, es por esa incapacidad de discernir -cualidad muy valorada en los partidos políticos-, que al fin de cuentas es la que no le permite apreciar las diferencias.

Que deba haber una autoridad que vigile el que las sagradas reglas del comercio (porque es del comercio lo que hoy me trae aquí) es indiscutible; pero una autoridad profesionalmente competente; una autoridad que ejerza razonablemente, diferenciando por sectores y riesgos, teniendo en cuenta las características de las cosas; una autoridad con criterio, que  no  cometa la estupidez de hacer de todas las mercaderías un único todo.

Ayer, el imbécil, por que aun no ha sido sustituido, no tuvo reparo en asomarse a los ondas hertzianas, y soltar una especie de advertencia amenazante, sin tener ni puñetera idea de lo que estaba diciendo por, como sucede con jodida generalidad, no asesorarse adecuadamente por profesionales.

Lo mollar del asunto tratado, era una especie de aviso al posible cliente de Joyería, para que al comprar alguna alhaja, (lo que gracias a la incompetencia y a la facilidad de los políticos en hacer desaparecer los euros del bolsillo del paisano, va sino algo inusual) además de exigir que la pieza esté debidamente contrastada (el Contraste nacional hace más de cien años que existe) también exija del vendedor, la aclaración del precio del oro, que le cobra por gramo, como si de garbanzos o judías se tratara.

Según el imbécil de turno, este tipo de alhajas (me refiero a las tiaras, coronas o diademas) es lo que el profesional de joyería está obligado a decirle al cliente ¡a cuanto se le vende el gramo de oro!. 

Ese prójimo ¿obligará al pintor Antonio López, cuando vaya a cobrar el cuadro que ha pintado a la Familia Real, a declarar a cuanto intenta cobrar el centímetro cuadrado de lienzo; el gramo de madera del bastidor; el gramo de pintura...? ¡Claro que no! El pintor Antonio López no vende lienzos; no vende madera; ni vende pintura. 

Lo que vende -si es que se quiere rebajar lo que él hace- es ARTE. Lo que vende el joyero no es oro, diamantes, zafiros y esmeraldas sino, en unos cuantos escalones por debajo, arte; en minúsculas, pero arte al fin y al cabo. O ¿es que puede haber alguien que no vea arte en la diadema que luce en su regia cabeza nuestra reina, doña Leticia y en el collar y las condecoraciones que en su regio pecho luce don Felipe VI? 

Por más vueltas que le doy, mi querido camarada Rafa España, el nombre me sigue sonando como el nombre de una calle. 

Por cierto, ¿que van a hacer con el cuadro? ¡Joder! Ha tardado tanto en pintarlo que ahora, una vez acabado, resulta que ha quedado obsoleto. No importa, se pinta otro; total...

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