¡Como ha cambiado Madrid; ¡tristeza en sus calles, otrora sanamente ruidosas y alegres! Cantarinas voces, como encantadas de vivir, salían a las calles por infinidad de ventanas suplantando a Lola Flores, Juanita Reina, Pepe Blanco y Angelillo. También salían pletóricos por los altavoces de la radio Carlos Gardel, con su bellísima Comparsita; Machín, con sus Angelitos negros; o Sepúlveda, con Mirando al mar, montadas a horcajadas en el ambiente junto con el aroma de las judías blancas con chorizo, tocino, morcilla y oreja de cerdo, emparejada con el rey de los olores alimenticios: Su Majestad el Cocido. El cocidito madrileño.
¡Eso es! “Cocidito madrileño del ayer y del mañana”.
Pero ¡alto ahí! Es que también el olor de calamares fritos, de callos a la madrileña, de tortilla de patatas y del vermut, la cerveza y el buen vino (de Valdepeñas) sin nombre salían de aquellas tabernas (sustituidas por algo parecido, pero sin su sabor y sin su “alimentoso” aroma), avisando que no podía haber una satisfactoria comida si no hubo previa de riquísimos aperitivos.
Nunca fue que de Madrid “esa” (música y comidas típicas) fuera su única fotografía ¡Qué va, coño! En aquellas fechas, no solo Madrid, sino toda España podría haber llenado un gordísimo álbum con maravillosas fotos, a pesar de estar restañándose las heridas causadas por la gue... dejémoslo ahí. Ningún madrileño aceptaría el único quehacer de escuchar música y comer el cocidito madrileño, si llegó un momento en el que con más de dos millones de españoles trabajando en el extranjero (aquello fue pura esclavitud a la europea) aquí, y en el resto de España se necesitaba mano de obra para ayudar al crecimiento de nuestra industria. Lo que ocurría en muchísimos casos era que se nos veía andando tranquilos por las calles (nos encantaba a los pequeños salir y a los mayores simplemente para pasear) sin otro interés que jugar los críos y los mayores caminar por sus aceras y ver los escaparates (algunos artísticamente trabajados) y también era ¿un espectáculo barato? Sería para un amplio número de madrileños (¿por qué solaparlo?) que tuviera un gran y profundo respeto a su dinero.
El hecho cierto es que, a quien le cayera la responsabilidad de hacer producir a toda aquella infraestructura madrileña, instalada en los cuatro puntos cardinales de esta bellísima Capital del Reino, ¡no lo hizo mal! Los grandes barrios de viviendas protegidas (muy cercanas a los jornales que se recibían, hasta para los que participaban en su construcción), los nuevos hospitales, las obras del Metro y las obras de los pantanos (su energía: vida para la recién nacida industria, no solo para Madrid) era lo que la izquierda española enseñaba en el extranjero como la ruina de España. Y también utilizaban las fotos de los “encierros en Pamplona” como una prueba de cómo la autoridad española trataba a los disidentes políticos encarcelados: martirizándoles a “cornás” (aunque en la foto no se vislumbra a ningún socialista).
¿Existían o no por ahí fuera cosas más avanzadas? ¡Y qué! Los madrileños teníamos y con ello disfrutábamos, además de escuchar flamenco, tangos, canciones ligeras y comer, comer y volver a comer, nuestros “derechos más respetados”, que los derechos (¡joder! Si no han dejado uno) trabajo, dinero en el bolsillo y más sanas diversiones sin tanto deporte y sin estar todo el día con el móvil pegado a la oreja: teatros, cines, salas de Fiestas. Y en el buen tiempo, muchísimas eran las familias que usábamos la placidez dominical en la Casa de Campo, la Dehesa de la Villa o los pinares del Rey, el de Chamartín. La mezcla social era amplia, lo que no impedía que las señoras formando corro charlaran y que sus maridos “le dieran al Mus”.
Pero… ya no existe la carnicería de nuestra calle, como otras muchas, e igual que desaparecieron las pescaderías y las tiendas de ultramarinos ¿Qué decir de las fontanerías, carpinterías, ebanisterías…? hasta las “boutiques se han cepillado. Si es que prácticamente han acabado con todos los gremios manuales y de esfuerzo físico, y con los de artesanos, y si se me provoca un “tantico asin”, diría que también los intelectuales sintieron su mano en la cara. A los gremios les robaron el espacio y a cientos de miles de madrileños les robaron su puesto de trabajo; le robaron el jornal y truncando su futuro, ennegreciendo el de sus hijos. Escuchando a los partidos (menos VOX), parece que la cosa… ¡eso de que ahora robo yo, mañana robas tu…! por ese motivo ni los paseantes pueden pasear, a no ser que acepten compartir a la baja el uso de la acera con sillas, mesas, clientes y camareros de los múltiples bares que salpican cualquier circuito. Y también por la peligrosa actitud de ciclistas, motoristas y los gilipo… los patinetes.
¿Como se hace la compra? En las “grandes superficies” Y cuando se necesitan unas bragas ¿o unos calzoncillos? Para eso… ¡ya tenemos a ¡Super !
Pues… que tristeza ¿no?
Como ha cambiado Madrid. Vas por el centro (la Puerta del Sol, la calle Carretas o por la calle de la Montera) y se te acerca gente que con un susurro de pregunta: ¿Quieres algo? ¿Todo bien? O ¿Qué necesitas? Que es como decir: ¿Hoye titi, la “farlopa” que ofrezco es de máxima calidad o es que te va la “yerba”? ¿No habrá otra forma de progresar?
Eloy R. Mirayo.
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