miércoles, 22 de junio de 2016

LO DE MENOS ES QUE NOS ENTEREMOS.

Ante la circunstancia de que estén saliendo a la luz innumerables casos de corrupción política, los demócratas están de lo más contentos porque, con este sistema -dicen los muy gilipollas-, se enteran puntualmente de cuantos casos de corrupción se presenten a través de los medios de información.

Eso me recuerda el caso de un comunista, vecino de mi casa -vivía en el piso por debajo del mío- que con su esposa o compañera, llevaban un matrimonio feliz. Un buen día -el, políticamente hablando, hijo putativo (quizás también de puta) de Stalin- se enteró que su mujer o compañera, le ponía floreados cuernos entre sus rizos, pues se acostaba frecuentemente (muy frecuentemente) con el dueño de una floristería del barrio de San Blas.

Como persona -aunque comunista- fiel a la Democracia, no se subió por las paredes cabreado como un mono -como haría un retrógrado "facha"-; ni siquiera se enfurruñó, ni usó palabras obscenas, sino todo lo contrario, aquello aumentó su tasa de felicidad, no porque al descubrirse el "lío floristero" este se rompiera y recuperara la amorosa aunque un tanto distraída fidelidad sexual de su mujer o compañera, sino porque puntualmente, como el telediario de las 21 horas de Televisión Española, se enteraba cuándo, cómo y donde, la prójima promiscua coiteaba con el capullo del florista; ya que al regresar al hogar conyugal, de vuelta del "festejo", le pasaba el "parte" de lo acontecido entre las sábanas, con pelos y señales.

Y lo mejor del caso es que el tío siguió viviendo contento y feliz como una perdiz en tiempo de veda en su matrimonio -a tres-, sin que le afectara lo más mínimo el que los chavales del barrio le citaran a "Puerta gayola" desde los medios, y los vecinos le silbaran desde los tendidos pidiendo su devolución a los toriles. Muy exagerado ¿No?.

Lo que nos diferencia a las personas inteligentes de los imbéciles, es lo que cada cual piensa que es y representa, de lo que pretende de cuanto se mueve en derredor; acertar con el mejor uso del sentido común; en la adecuada utilización de la lógica buscando el sentido de las cosas; y en la capacidad de análisis y valoración y utilidad. Y otras muchas cosas que a mí, en mi cortedad, se me escapan.

En el caso de la corrupción política (que es de lo que vamos a hablar hoy); mientras las inteligentes (yo me incluyo sin merecimiento, pero es que se está muy a gusto entre personas inteligentes) lo que deseamos -y por lo que está aconteciendo diariamente nunca conseguiremos- es que se descubra a los corruptos escondidos como ratas tras el biombo de los partidos y hacer que  la Justicia, cumpliendo su obligación, lejos de cualquier tipo de presiones partidistas, les castigue adecuando el tamaño de la pena al montante de lo "corrupteado". Lo de menos es que me entere o no.

Mientras que el imbécil se contenta,

hasta dar palmas con las orejas, con que los múltiples casos que diariamente saltan al estrellato de la nacional delincuencia institucional, los pueda leer en el periódico que compra cada mañana y así, absorbida la "materia gris" del negro sobre el blanco, adquirir cuarto y mitad de la opinión que ellos, por sí solos, son incapaces de tener dentro del vacío cráneo. Sin que sienta inquietud por la posibilidad cierta de que se sigan produciendo más casos de corrupción.

Lo que nos diferencia a las personas inteligentes de los imbéciles es, sencillamente, que hace muchos años que nos hemos soltado, sin alejarnos, de la mano de nuestros mayores de los que conservamos su cariño, y mantenemos igual de intenso el que nosotros les damos, a pesar de que algunos se nos hayan ido.

Eloy R. Mirayo.

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