viernes, 20 de marzo de 2026

LA CARTA.

La carta que iba dentro del sobre que ha entregado Víctor de Aldama a las autoridades judiciales (Las muy limpias autoridades. Respetémoslas, cuidémoslas pues son lo único bueno que aún nos queda a los casi cincuenta millones de nadadores que, con mucho esfuerzo ¡y tapándonos la nariz, coño! nos mantenemos a flote en este mar de mierda en el que han convertido a España) pudiera ser para todos nosotros, como la carta ilusionada.

La muy ilusionada carta que cada día cinco de enero hemos venido mandando a los Reyes Magos, con solicitud de regalos que jamás, o casi nunca ¿vale…?, son coincidentes con el deseado pedido, pero esta vez puede -me da el pálpito- ocurrir que por fin sus majestades, aunque solo sea por esta vez, nos sorprendan positivamente trayéndonos -haciendo una irrepetible excepción, que agradeceríamos mucho por estar fuera de plazo-  en esta preprimavera -lo que les venimos pidiendo, hasta suplicando postrados de rodillas- desde hace siete años… ¡óigaseme que voy a grito pelao!, tanto los niños -¡incluso los de pecho!-, como los adultos españoles, aquello tan hermoso -¿verdad Pedro Sánchez? Claro, a usted no le gustará pero… si, seguro que cuando “llegue”, usted que tiene tan buen gusto reconocerá su hermosura- que es: ver cómo se detiene y encierra a toda esta COVID choricera en Alcalá-Meco, 

por la autoridad competente (la limpísima autoridad que aún nos protege) desde al todo poderoso individuo que se le conoce como el “número uno” -señalización mafiosa- hasta el último puto rojo enchufados en los pezones del Estado, pasando al tiempo por el “aro” a sus muy cercanos familiares, y también a sus amigachos, todos ellos convertidos en chupanganos políticos de todas las alturas gubernativas que se han dado el placer de inventar, para robarnos a mansalva, porque no tienen bastante con sus sueldos.

Sueldos a años luz de los que las personas decentes perciben trabajando, aquellos “iluminados por la diosa fortuna” de estar trabajando, el esforzado autónomo exprimido hasta conseguir que la carga impositiva a la que hacer  frente sea muy superior a sus ingresos, el pequeño industrial, el semi despreciado comerciante, que abriendo su establecimiento cada mañana deshace la duda sobre la existencia de los milagros.

Esa carta, Dios quiera que acabe hasta con el último puto rojo enchufados a los pezones del Estado, quizás sea el Patxi, el sin vergüenza que ponga fin al larguísimo infinito de delincuentes que da el comunismo y el socialismo en nuestra muy querida España.

Eloy R. Mirayo





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